Por aquel entonces tenía que coger un autobús que me llevara al trabajo justo a la salida de la estación de tren. Siempre llegaba casi veinte minutos antes de la hora así que no tenía muchas opciones aparte de escuchar música o leer algún libro, pues mis compañeros solían apurar mucho más. Además, la cafetería se encontraba en el interior de la estación y no había posibilidad de que perdiera el autobús. Solo pedí un café con leche. Me senté en una de las mesas y respiré hondo, comprobando que el mundo no me señalaba, burlándose por estar solo.
Y me gustó. Me gustó la sensación de poder observar desde fuera, de escuchar conversaciones inocuas o realmente importantes. Fue ese momento el que me impulsó definitivamente a escribir, el que me hizo darme cuenta de que era un escritor, a pesar de que no lograra publicar nada en toda mi vida.
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