Aunque claro, el poso me quedó de forma irremediable y casi instintivamente asociaba el Real Madrid a mi padre y a mi familia. Porque, como él, toda mi familia participaba de ese sentir. Y me refiero a mis abuelos y a mis tíos, a mis primos. Decir que eras del equipo contrario era casi convertirte en la oveja negra. Por supuesto no te iban a dejar de invitar a comuniones ni a desterrarte a algún país lejano pero era un ir contracorriente que salvo algún rebelde (más por el mismo sentido de rebeldía que porque le gustara más o menos el fútbol). Y precisamente era ese sentimiento no de rebeldía sino de pertenencia a un grupo lo que me aferró aún más al equipo blanco. Y sufría por verle perder. A veces demasiado. Por suerte en mi infancia la quinta del buitre campaba a sus anchas y, el ahora invencible y casi excelso Barcelona, pasaba sin pena ni gloria por los campos.
Con los años aprendí a relativizar los resultados y practiqué una máxima que hasta el día de hoy me ha venido francamente bien:
Alégrate hasta la locura cuando gana tu equipo; mantente indiferente ante la derrota.
[caption id="" align="alignnone" width="199" caption=""El buitre""]
Y mañana, la segunda parte: Tipologías del aficionado
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