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domingo, 23 de marzo de 2014

Vagando ideas...

Solo necesito un instante de vida para escribir un verso y tres generaciones para rozar el sentido de la poesía.

Poesía no es un determinado número de versos agolpados en un papel, poesía es la mirada de dos amantes y el polvo que oculta el camino; poesía es la charla del café y las prisas del viajero. Solo eso y nada más, que diría un viejo pájaro maldito.

La poesía es íntima y universal, egoísta y solidaria. La poesía solo necesita un espacio donde escribir, ya sea la puerta de un baño o el margen de tu libro preferido.

La poesía solo pertenece a todo el mundo.

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martes, 2 de julio de 2013

Escritura

Nunca me he acostumbrado a escribir en el ordenador. Siempre tengo la sensación de que es algo ajeno a mí y no consigo aprehender las palabras. Se quedan atoradas en algún punto inconcreto a la altura de mi esternón izquierdo.

Suelo escribir en pequeños libretas de tapas negras o en cuadernos  de espiral. Salto de una a otra dependiendo de lo que suponga que vaya a escribir. Pero siempre me acompaña una de ellas, casi antes que mi cartera.

Escribo en cafés. En los parques, sobre la hierba, bajo la sombra de un árbol. Escribo sentado o tumbado sobre mi cama. En el tren. En el metro. En los autobuses. Escribo a lápiz en mi libreta de tapas negras. A bolígrafo en los cuadernos de espiral.

Tengo cuadernos más grandes donde escribo mis relatos y mi aún inacabada novela.Tengo un cuaderno que reservé, una vez, solo para poner las ideas de relatos o historias que se me iban ocurriendo. Pero no duró mucho. No suelo escribir con ideas preconcebidas. Tengo otro que comenzó como un "diario intermitente" pero se quedó ahí, agotado y con la mayoría de las páginas en blanco.  Tengo una libreta de tapas negras solo para dibujar en la que intercalo frases y mínimos textos que poco a poco ha ido ganando terreno.

...

Ahora escribo esto en una antigua libreta frente a un café con hielo. Después, en casa, atraparé estas palabras escuchando la radio.

Creo que nunca me acostumbraré a escribir en el ordenador.

 

jueves, 27 de junio de 2013

El círculo infinito

Leí Rayuela quizás hace diez o doce años. Llegué a ella a través de los cuentos de Cortázar. Aquellos relatos me fascinaron tanto que tuve que leer todo lo que hubiera publicado. A cada relato que terminaba de leer, me sobrevenía una sensación de impotencia al saber que jamás podría escribir ni tan siquiera algo parecido. Por fortuna, luego venían a mí mis propias historias y, aunque siempre estarán alejadas, forman parte de mi mundo.


Así, inevitablemente, comencé a leer Rayuela. Lo hice como mandaban los cánones (o Cortazar), o sea, dos veces. Una del capítulo uno al 56 y otra empezar por el capítulo 73 y seguir la pauta marcada que te iba llevando de un capítulo a otro sin que adivinaras muy bien con qué criterios lo hacía. Tiempo después, cuando he ido profundizando en análisis literarios y técnicas narrativas me di cuenta de que fui un lector pasivo, acomodado, que no quiso salirse de lo  "convencional".


En realidad Rayuela tiene tres partes: "Del lado de allá" (lo que sucede en París), "Del lado de acá" (lo que sucede en Buenos Aires) y "De otros lados (Capítulos prescindibles)".  Ya con esta última parte Cortázar nos está invitando a evitar leer esos capítulos y convertir la novela solo en dos partes. Para decirlo de otro modo, nos incita a participar en la "escritura" de la novela. A dejar de ser lectores pasivos, como hasta ese momento se había sido en la gran mayoría de la literatura universal, y conformarnos nosotros mismos nuestra propia lectura. 


De Rayuela se recuerdan fragmentos, sensaciones, asombro. Como ese convertir en objeto sagrado y casi mágico sacrificando un paraguas viejo y roto tirado en una calle, al modo de los objets trouvés surrealistas. O el encontrarse sin buscarse La Maga y Oliveira, pues si no el azar no les encontraba no merecía la pena siquiera estar juntos. O la lluvia y las calles de París, el jazz, el humo, los cafés.


Puede parecer abrumadora, de hecho, confieso que algunas capítulos se me hicieron tediosos y excesivamente disgresivos. Pero a ella hay que adentrarse sin complejos, aletoriamente, como si fuera fragmentos aislados, y dejarse llevar por el ritmo de las palabras y las imágenes.


Y terminar con ese balanceo de atrás hacia adelante en un movimiento perpetuo, en la novela que no es una novela sino todo lo contrario...

domingo, 11 de marzo de 2012

Sensaciones

Las palabras salen de mi frágil bolígrafo a pausas cortas y tirantes. Intento plasmar las sensaciones que no se pueden plasmar en una hoja de papel. Voy dando tumbos por los márgenes y apenas caigo en un sórdido punto final cuando me doy cuenta que no he escrito absolutamente nada.

Nada...

Solo poesía.



Foto de José Luis Sandoval

 

viernes, 9 de marzo de 2012

Rutinas

Caminaba de un lado al otro del andén a pasos largos y lentos, esperando a que el indicador que colgaba sobre mi cabeza indicara que el tren ya se acercaba. Escuchaba la radio. Sonaba "Dancing in the dark" de Springsteen. La caras se veían tristes y somnolientas, expectantes como si estuviéramos en el rodaje de una película en la que estuviera a punto de suceder algo dramático o extraordinario. Pero el tren llega y nada ocurre. Frena, abre sus puertas, entramos. Me siento frente a una chica joven, de rasgos suaves, pelo corto, gafas negras de pasta. Nos sonreímos.

Nada más sucedió.

viernes, 2 de marzo de 2012

Pasos al frente

  Un antiguo filósofo griego dijo alguna vez que en la vida existían dos opciones: descansar o ser libre. En mi caso estuve derrumbado sobre un sillón la mayor parte de mi vida, aunque creo que más bien por inercia que por servilismo. Era mucho más cómodo desaparecer entre mi mundo, que enfrentarme a la ingratitud de la sociedad. Siempre disfruté más jugando solo que con cualquiera de mis escasos amigos. Se entrometían en mis silencios y mis batallas de soldados de juguete. Pero debía convivir en sociedad y si me apetecía jugar solo con mis juguetes y mis libros, se colgaba la etiqueta de tímido y reservado. Quizás fuera cierto aquella distinción, aunque tal vez no dejaran expresar mi verdadera identidad.


  Pero decidí ser libre. Como dijo Borges, un mañana te levantas y descubres realmente quien eres. Aún no he descubierto quién soy, pero de lo que sí estoy seguro es de quién no soy. Desde el momento en que deje de escribir esta entrada intentaré, en la medida de mis posibilidades y las de la sociedad, no encarnar más otro personaje.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Conversaciones...

Esta tarde estaba tomando mi café en una de las cafeterías que suelo frecuentar. Estaba sentado en una mesita junto al ventanal tapizado con el inicio de una de las novelas de Dyckens que aun no he conseguido averiguar. A mi lado, alrededor de una mesa más grande, se sentaba un grupo que rápidamente asocié como compañeros de trabajo. Dos mujeres, tres hombres y una adolescente que se sentía descolocada y tremendamente aburrida. Hablaban de trabajo. Uno de ellos (con perilla, pelo corto, de traje) dirigía la conversación. Le seguía una de ellas (pelo largo rizado, morena, segura de sí misma) hilando los temas que iba sacando. El resto se colaba cuando uno de los dos dejaba suelto alguno de los hilos. Conversaban sobre números y objetivos de ventas; sobre compañeros que facturaban menos que otros años; sobre envidias encubiertas y burlas hacia el que no se ajusta a su modelo del mundo. Escuchándoles, me sentí tan alejado de ellos como de su mundo. Ese mundo en el que sienten las etapas de su vida como compartimentos estancos a los que no hay que dejar que se filtre nada. Porque eres adulto y debes hacer lo que hacen los adultos y cualquier desvío de las normas te hará débil y señalizable por el resto del grupo. Porque al fin y al cabo, solo consiste en eso: en dejar de ser tú mismo para ser aceptado por el resto, aunque eso signifique empujar hacia el fondo a los que no lo consigan.

Apuré mi café, lo acerqué a la barra y me fui de allí con la tranquila sensación de no pertenecer a uno de esos mundos.

martes, 28 de febrero de 2012

Pereza

Hoy llegué tarde y la pereza me pudo más que el compromiso. Además tenía varias ideas en mente pero que debía de trabajarlas más detenidamente. Aunque la verdad es una mera excusa para no decir que simplemente hoy me ha vencido la falta de ganas de escribir. Eso me recuerda a un magnífico episodio de "Seinfield" en que él y Constanza, su amigo, intentan escribir un guión sobre la serie que han propuesto a una productora sobre su propia vida y que claro no se les ocurre nada sobre lo que escribir, una fantástica metaficción narrativa de esa serie sublime de la que algún día hablaré.

Así que hoy solo escribiré que no escribo.

 

lunes, 27 de febrero de 2012

Sueños...

Estos días he estado escuchando en distintos medios de comunicación la publicidad de la lotería nacional, en la que anunciaban un premio extraordinario por sus 200 años. El caso no me sería demasiado relevante sino fuera por el modo que han tenido de publicitar el sorteo. La campaña se llama "El día de los sueños cumplidos" y mediante testimonios (supongo que con actores en su mayoría, aunque algunos programas de radio lanzan al aire algunos presuntamente reales) de los sueños que se te han cumplido invitan a jugar para que así consigas el tuyo. Y ahí es donde me chirría y me molesta enormemente. Me molesta porque da a entender que solo con dinero puedes conseguir tu sueños. Que si estás hipotecado hasta las cejas, tienes una familia a la que mantener y un sueldo de ciudadano medio español jamás podrás cumplir tus sueños, sea cual sea este. Me molesta porque parece que todos debemos elegir la vía fácil para conseguir aquello que deseamos y que los que se esfuerzan y luchan por sí mismo sin esperar que caiga algún tipo de maná del cielo, son poco menos que unos pobres diablos, unos idiotas que no saben aprovecharse.

Yo soy uno de esos pobres diablos, uno de esos idiotas que, aunque no logre alcanzar mi sueño, no dejaré de luchar por él.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cosas de fútbol

Cuando era todavía un canijo de seis o siete años mi padre me hizo socio del Real Madrid. Todos los domingos iba con él a ver los partidos del equipo de la ciudad, a un campo de tierra apenas delimitado por una especie de arcos de metal que poco o nada aislaban del campo. Allí más que a ver el partido, iba por no quedarme en casa solo y salir un poco a tomar el sol. Mis recuerdos de esos domingos son los hormigueros que lograba descubrir, los juegos con palos y piedras y, alguna vez, el griterío al marcar un gol y mi giro de cabeza para observar ya el balón al fondo de la red. Pero como tenía muy pocos amigos seguía yendo cada domingo al partido de fútbol. De ahí a los domingos por la tarde a ver el fútbol en grande había solo un paso. Pero salvo momentos puntuales no recuerdo con agrado aquellos domingos. Incluso a veces me rebelaba y exigía mi opción de quedarme en casa. Solo con el paso del tiempo he podido comprobar que gracias al fútbol logré acercarme a mi padre como nunca lo hubiera hecho por cualquier otro cauce.


Aunque claro, el poso me quedó de forma irremediable y casi instintivamente asociaba el Real Madrid a mi padre y a mi familia. Porque, como él, toda mi familia participaba de ese sentir. Y me refiero a mis abuelos y a mis tíos, a mis primos. Decir que eras del equipo contrario era casi convertirte en la oveja negra. Por supuesto no te iban a dejar de invitar a comuniones ni a desterrarte a algún país lejano pero era un ir contracorriente que salvo algún rebelde (más por el mismo sentido de rebeldía que porque le gustara más o menos el fútbol). Y precisamente era ese sentimiento no de rebeldía sino de pertenencia a un grupo lo que me aferró aún más al equipo blanco. Y sufría por verle perder. A veces demasiado. Por suerte en mi infancia la quinta del buitre campaba a sus anchas y, el ahora invencible y casi excelso Barcelona, pasaba sin pena ni gloria por los campos.

Con los años aprendí a relativizar los resultados y practiqué una máxima que hasta el día de hoy me ha venido francamente bien:

Alégrate hasta la locura cuando gana tu equipo; mantente indiferente ante la derrota.

[caption id="" align="alignnone" width="199" caption=""El buitre""][/caption]

Y mañana, la segunda parte: Tipologías del aficionado

viernes, 17 de febrero de 2012

Al calor de un café

Aun recuerdo con bastante claridad la primera vez que entré yo solo a tomarme un café. No pasó nada especial. Ningún suceso extraño, nada relevante, ni tan siquiera conocí a alguna chica. Entonces, ¿por qué lo recuerdo? Pues porque fue una de las primeras barreras que logré superar. Sí, algo tan nimio como entrar en una cafetería a tomarse un café era para mí un suceso relativamente incómodo y las cosas incómodas (como supongo que en mayor o menor medida nos sucede a todos) intentaba evitarlas en la medida de lo posible. Y me resultaba incómodo por esa extraña obsesión de creer que el resto del mundo está pendiente de lo que haces y de lo que piensas, cuando en realidad no eres más que un hombre desconocido del que se olvidan nada más alejarse de ellos. 

Por aquel entonces tenía que coger un autobús que me llevara al trabajo justo a la salida de la estación de tren. Siempre llegaba casi veinte minutos antes de la hora así que no tenía muchas opciones aparte de escuchar música o leer algún libro, pues mis compañeros solían apurar mucho más. Además, la cafetería se encontraba en el interior de la estación y no había posibilidad de que perdiera el autobús. Solo pedí un café con leche. Me senté en una de las mesas y respiré hondo, comprobando que el mundo no me señalaba, burlándose por estar solo.

Y me gustó. Me gustó la sensación de poder observar desde fuera, de escuchar conversaciones inocuas o realmente importantes. Fue ese momento el que me impulsó definitivamente a escribir, el que me hizo darme cuenta de que era un escritor, a pesar de que no lograra publicar nada en toda mi vida.